El Monasterio de la Santa Cruz de la ciudad de Martos (Jaén) (1593-1937)
Es
el 27 de junio del año 1589 cuando, ante el escribano Juan de Uribe, se da la
fundación por D. Fernando de Ortega, sacerdote natural de la localidad y
beneficiado de la Parroquia de Castillo de Locubín que ejercía como racionero
de la Catedral. Este hizo donación de unas casas provinciales en la plaza
pública de la villa "para que siempre jamás permanezca el Convento de
Monjas titulado de la Santa Cruz", donando también doscientas fanegas de
tierra y 300 ducados.
Para
la fundación del propio Convento recibió el permiso tanto de Orden Militar de
Calatrava como del Ministro Provincial de la Provincia Franciscana de Granada,
Fr. Sebastián Almorox. La escritura y condiciones las firman ante el escribano
Juan de Uribe, como consta en un documento del 29 de mayo del año previamente
mencionado. Será Felipe II, por mediación de los franciscanos que ya se
encontraban en la localidad6 .
Según
consta en los documentos fundacionales, investigados por el P. Alejandro Recio
en los años ochenta del siglo XX, no consta la verdadera fundación hasta un
segundo intento (parece ser, por problemas de escasez en la dotación del
enclave), hasta 1592, siendo en 1594 dada una nueva patente por el ministro
provincial de entonces, Fr. Antonio Cortázar de Villareal. Se tiene como
hermanas fundadoras a Sor Francisca de Haro, religiosa profesa del Monasterio
de San Antonio de Baeza y Sor María de Quesada y Mencía de San Martín.
Ya
en 1683, en la visita del Padre Alonso de Torres, se nos habla de que había un
total de veinte monjas en el momento, describiendo pormenorizadamente la
situación del Convento que, como veremos a continuación, sigue teniendo la
fisonomía del primitivo edificio civil. El mencionado edificio civil era el
conocido en la localidad como "Casa de las Torres" por los dos
torreones de la fachada que daba a la plaza y que explicaremos a continuación.
En
el siglo XVIII, verdadero tiempo de esplendor de este Monasterio de Hermanas
Clarisas, será donde se acometan las grandes obras de reforma y la construcción
de la
iglesia.
El retablo mayor que se encontraba en el templo y tres menores se contratan en
1759 con el entallador y arquitecto natural de Priego de Córdoba Juan de Dios
Santaella y Roldán, cobrando seiscientos ducados por el retablo mayor que se
fraccionan en tres pagos sin precisar como es el retablo, del que solo podemos
imaginar por obras del mismo autor como el camarín de la Inmaculada del templo
de San Pedro de su localidad natal, entre otros.
Será
en ese mismo año, el 16 de noviembre, cuando contraten los menores pagando 2400
reales en tres plazos, quedando las monjas comprometidas en el traslado de las
piezas y la manutención de bestias y oficiales8 . Por su vinculación nobiliaria
desde su fundación es de entender que este templo debió de albergar numerosas
obras de gran calidad en el ornamento del culto, del bordado, imágenes
religiosas como la Santa Clara que presidía el camarín central, de la que
existen algunas constancias fotográficas, y numerosas obras de arte que se encontraban
en la clausura.
El
templo también sufrirá los procesos desamortizadores en el año 1837, más
concretamente el 14 de agosto, donde se le quitan “trece aranzadas de olivos,
con 485 pies, en la Cañada del Floro al término de Martos y quince aranzadas
con 495 pies en el mismo lugar, rematando ambos en 55.000 reales”. Pese a ello,
el Monasterio no perdió sus caudales y riquezas que lo caracterizaron desde sus
inicios, como se advierte en las crónicas de las visitas generales de la Orden
de Calatrava, donde “las monjas dieron de beber a cuantos entraron, que fueron
muchos”.
Poseían
numerosos libros, inventarios y otros documentos de los que, por desgracia, se
conservan muy pocos. Desgraciadamente, este templo fue ocupado por las milicias
republicanas en 1936, siendo sus monjas (que ya se encontraban en la denominada
Casa de Ánimas) expulsadas del edificio para ser ocupado como acuartelamiento
militar. La madre Isabel de San Rafael, por entonces superiora del Convento,
fue fusilada el 13 de enero de 1937 (actualmente en causa de beatificación),
estallando gran parte del edificio por la bomba lanzada por las tropas
nacionales sobre este.
Los
restos del Monasterio, que no fue destruido en su totalidad, fue demolido para
construir, en 1941, el actual Mercado de Santa Marta de la localidad. Las
monjas que escaparon cogieron los objetos de culto y elementos que pudieron,
trasladándose en 1941 a una casa palacial en la calle Dolores Torres hasta
1990, donde se cierra el convento y se trasladan al convento de Jaén, donde
actualmente se encuentra el poco patrimonio que poseían.
Vemos
ahora algunas fotografías y recreaciones del edificio, comenzando por la
fachada que daba a la actual Plaza de la Constitución. Es, esta, de cantería y
compuesta por un arco adintelado, con dovelas decoradas con recuadros
acasetonados y cuatro relieves con figuración humana, apeado y flanqueado por
jambas sobre basamentos con conchas santiaguistas, presentando alternativamente
su haz y envés, todo ello enmarcado por columnas estriadas exentas con
retropilastras elevadas sobre basamentos que soportan un entablamento con
relieves de “putti” entre formas vegetales y cuartelas cuadrangulares y sobre
él una hornacina adintelada con pilastrillas dividida en dos registros y
flanqueada por cuidada decoración fitomórfica y trompetones salientes de
figuras humanas vegetalizadas, así como un escudo nobiliario, probablemente de los
Ortega, y una escultura central que muchos identifican con Santa Marta.
A
ambos lados de la portada principal se observan, dispuestas simétricamente, dos
pórticos con dos cuerpos arquitectónicos sobre ellos, con forma de torreta o
contrafuerte que albergan bellos coronamientos que sujetan cartelas historiadas
y medallones a los lados. El cimacio y el dintel de la puerta se encuentran
decorados con bellos bustos de personajes mitológicos en la zona inferior,
habiendo otros bustos y cabezas entre triglifos en la zona superior del dintel,
habiendo también veneras con moluscos entre los elementos decorativos, hecho
que, en palabras de Recio, "no es común en la ornamentación local".
Será,
como hemos mencionado, Romero de Torres uno de los que, ya en el siglo XX, se
interese por vez primera en la interesante pieza de cantería que es la portada
que contemplamos. También será el primero que la fotografíe en 1913,
describiéndola como una obra de “estilo plateresco”. Vemos, también, el mal
estado de la pieza que ya evidenciaban las madres superioras en los albores del
1900 y que se observa en las pérdidas de volumen de algunos de los casetones o
el desprendimiento de algunos atributos de las imágenes talladas en la piedra.
Desgraciadamente,
cierto es que no conservamos testimonios fotográficos de la fachada de la
iglesia, que daba a la calle Adarves. Esta, que hemos recreado siguiendo las
fotografías de vistas de balcón que se realizan en los años veinte del siglo
pasado, se sabe por descripciones del Padre Castillejo que lo adornaban unos
bloques, tranquillo a la entrada de esta que fueron extraidos de una excavación
entre el Convento de las Trinitarias, muy cercano al templo, y el que nos ocupa.
Las
propias vistas generales desde balcón del edificio nos muestran que se disponía
en la fachada del templo una espadaña de tres campanas que se asemejaba a la
que tiene el cercano Convento de las RR.MM. Trinitarias, casi contemporáneo a
este. Junto a esta, el otro elemento destacado en la fachada era el alto remate
del camarín de Santa Clara, elemento que se añade en 1809 y que se alzaba con
una gran techumbre, posiblemente por la existencia de una sala superior donde
se encontrarían los enseres de la imagen de Santa Clara y otros ornamentos de
las imágenes del Convento.
También,
al igual que las torres de la fachada superior, podría servir como mirador o
vigía, un elemento habitual en la arquitectura conventual. Para poder proseguir
en un análisis de la arquitectura y la distribución de los diferentes elementos
en el interior de este Monasterio, nos hemos de regir por las descripciones que
hiciera, en los albores de los años noventa del siglo XX, Sor Rosario Bravo
Pérez, hermana clarisa que, joven, ingresó en este convento y vivió el devenir
de este en sus últimos años.
El
templo era de una sola nave, con bóveda de cañón y puerta de ingreso en la
calle de los Adarves. Entrando, a mano derecha, se hallaba el presbiterio, algo
sobreelevado, con un retablo y camarín, ocupado este en el centro por la imagen
de Santa Clara. El nicho de la parte superior central llenaba una Cruz,
haciendo alusión al titular del Convento, y a ambos lados del camarín, las
imágenes de Santo Domingo y San Francisco, ocupando la parte superior la
Inmaculada Concepción. A derecha e izquierda del presbiterio había además otros
dos altares de madera dorada con paneles de oro, dedicados respectivamente a la
Virgen de los Dolores y el otro al Corazón de Jesús.
En
la entrada de la sacristía estaba, en el suelo, la inscripción sepulcral del
heredero del Fundador, donde fue llevada probablemente al renovar la
pavimentación antigua del presbiterio. Hay además otros altares a derecha e
izquierda de la nave central, como los dedicados a San Antonio y a la Virgen de
Lourdes y una hermosa verja forjada en el coro bajo de la iglesia, habiendo
delante de ella un bellísimo comulgatorio, probablemente regalo de la marquesa
Escobedo, quien también estuvo ligada a este Convento.
Por
detrás del coro bajo había un sótano, tal vez, enterramiento de la comunidad
del que hablan las crónicas. El claustro interno tenía tres pisos con columnado
y subía de la planta inferior a la del segundo una monumental escalera en cuyo
primer descanso había un lienzo con la figura impresionante de Cristo camino
del calvario. Las habitaciones eran pobres, siendo “ventiladas y muy soleadas”.
Cierto
es que, junto a estas descripciones de Sor Rosario, merece ser reseñada en la
descripción arquitectónica que nos encontramos realizando la crónica de la
visita que se realiza al Monasterio en 1655, que también nos ayuda a entender
cómo se distribuía este antes de la realización del templo en el siglo XVIII.
Será esta visita llevada a cabo por Frey Don Luis de Godoy, caballero profeso
del hábito y Orden de Calatrava, quien va junto al fraile confesor de las
monjas.
Habla
de cómo visitan y ven al Santísimo Sacramento, que se encuentra "en
hostiario de plata y en una caja sobre el altar mayor, de madera dorada".
Hablan de cómo se encuentran dispuestas las imágenes al culto, pero nos
centramos en cómo nos describe el cuerpo de la iglesia, incidiendo en que
"está decente pero es pequeño y bien reparado, habiendo a mano derecha una
reja que divide el coro donde están las religiosas y ofician los divinos
oficios, habiendo dentro otra reja de madera, estando bien distantes una de la
otra".
Menciona
también el comulgatorio, con varias rejas y ventanales y una llave que custodia
el capellán del Convento, así como la sacristía, pequeño aposento junto al
altar mayor que posee una ventana alta de reja que da a la calle y una puerta
que sale a la portería. Comenta el mal estado de las paredes, "negras y
ahumadas, maltratadas" así como recomienda que en la sacristía "se
pinte o coloque alguna buena imagen que provoque la devoción".
Estos
detalles nos indican que, pese a haber acondicionado algunas de las partes de
esta casa nobiliar, aún siguen habiendo indicios de lo que fue, habiendo zonas,
como hemos observado cuando describen la sacristía, que aún no se encuentran
acondicionadas para lo que son, no siendo más que otra alcoba que se encuentra
adosada a la que utilizan como iglesia conventual. Se nos habla también del
zagúan de la portería donde, en un aposento, vive el casero del Monasterio, así
como el locutorio al que se llega por una escalera a la derecha del zaguán,
donde se encuentran los confesionarios de las monjas, "buenos y bien
reparados".
Desconocemos,
verdaderamente, más datos acerca de otros lugares habituales en esta tipología
arquitectónica, como puede ser el refectorio. Los testimonios documentales,
todos vinculados al poder eclesial, parecen no dar importancia a este tipo de
habitáculos, así como también, en ocasiones, la poca exactitud y el silencio de
los visitadores, tanto de la Provincia Franciscana como de la Orden de
Calatrava, nos deja muchas cosas en el tintero.






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