Pedro Duque Cornejo en la Catedral de Sevilla (I): El retablo de Nuestra Señora de la Antigua

"El arte no pretende solo corpulencias, sino vida y espíritu". Así concebían las esculturas los grandes maestros del barroco: creando una nueva realidad que esté en consonancia con el mundo interior del artista. Entre el fulgor dorado del pan de oro y el candor de la policromía de sus rostros nace el destello de la luz iridiscente que penetra en el corazón del fiel que venera a estas imágenes dotadas de unción. Pedro Duque-Cornejo y Roldán, nieto del mítico escultor sevillano, nace en Sevilla el 14 de agosto de 1678. Su fama hubo de ser plenamente reconocida desde temprana edad, dado que ya con 28 años, en 1706, se le encomienda la parte escultórica del retablo que Jerónimo Balbás realizara para la Parroquia del Sagrario. 

Retablo de Nuestra Señora de la Antigua. Vista general.
Fotografía: Wikipedia.org

Será en el año de 1734 cuando concierte ante el escribano Careaga nuevas obras dentro de la Capilla de la Antigua de la seo hispalense. Allí, por encargo del arzobispo Salcedo, realizará el nuevo retablo y el sepulcro del citado prelado catedralicio. Para el retablo, obra de mármol rojo, se habrían de seguir las directrices del anterior extistente, siendo el sepulcro realizado a usanza del realizado por Fancelli en 1509 para el arzobispo Hurtado de Mendoza y que se encuentra en la citada capilla. Pese a que el margen para la originalidad y la fantasía decorativa era más bien reducido, dado que se habría de guardar el decoro y la esencia del lugar en el que se iba a ubicar, si ganó en monumentalidad. La uniformidad y sencillez del conjunto se remata con un espléndido repertorio escultórico de enorme belleza.

Es, sin duda, una pieza que pertenece a una de sus épocas de mayor esplendor como es la segunda etapa sevillana (1719-1747). Demuestra como ya, tras los años del Lustro Real, la incursión del arte rococó italiano (en especial de manos de la reina Isabel de Farnesio) hace presencia. Un retablo de mármoles, con una bicromía entre el mármol rojo y el blanco, dotando a la obra de una monumentalidad exuberante. Esto mismo hará en los retablos laterales de la Parroquia del Sagrario, realizados veinte años después bajo el patrocinio del mismo arzobispo.

Detalle del segundo cuerpo del retablo. Fotografía: Autor.
Detalle del segundo cuerpo del retablo. Fotografía: Autor. 

Analizamos, en especial, el segundo cuerpo del retablo como podemos contemplar en la instantánea. Vemos en la calle central a la imagen de Cristo, en majestad, que está escoltado en las calles laterales por los Santos Juanes, Bautista y Evangelista. La hornacina de Cristo está rematada en su parte inferior por dos interesantes imágenes de ángeles tenantes que sostienen dos grandes cuernos de la abundancia. Será en el primer cuerpo donde, escoltando a la venerada imagen de Nuestra Señora de la Antigua, encontremos a las imágenes de San Joaquín y Santa Ana. Sus hornacinas también están decoradas con dos pequeños tondos ovalados con relieves que albergan a las Santas mártires Justa y Rufina, de medio busto.

Vemos como, formalmente, se da lo tradicional en este modelo escultórico del artista: figuras muy estilizadas y macrocéfalas, para crear una desproporción a propósito que encajara con la altura de las obras en su ubicación. También destaca el atavío de estas, con túnica y un manto que se tercia bajo uno de sus brazos. Las imágenes se apean sobre nube, siendo su parte más elevada en la delantera. Este recurso de la pequeña nube etérea será muy tradicional en la producción del artista, así como el hecho de que aparezcan, en el caso de los Santos, descalzos.

Cada personaje, Salvo la figura de Santa Ana (que se deja sobreentender por el hecho de hacer pareja con San Joaquín) porta sus atributos: San Joaquín lleva el bastón y la oveja en alusión a su vejez y a su retiro al campo a cuidar ovejas, una vez echado del templo; San Juan Bautista, ataviado con la piel del camello y portado en su mano izquierda al cordero místico sobre el libro con los siete sellos, al que señala; y San Juan Evangelista, mirando al cielo mientras se inspira para escribir.

Las semejanzas formales con la obra del artista son inequívocas. Vemos un tremendo parecido en obras como el Cristo, que nos puede recordar al Cristo Resucitado que se conserva en el Monasterio Sevillano de Santa María de Jesús, obra posiblemente atribuible a su mano. También el plegado de los ropajes y la postura, contorsionada, nos recuerda al maravilloso apostolado que realiza para la Iglesia de las Angustias de Granada, obra que realiza durante su estancia en la citada capital y que muestra todo un alarde de maestría y de renovación del lenguaje expresivo de la escultura de sus antecesores.

San Juan Evangelista. Iglesia de las Angustias. Granada. Fotografía: Carlos Madero

El candor de los rostros, sus grafismos sencillos pero cargados de expresión y las facciones tan reconocibles dentro de la obra del artista hacen de este singular retablo una obra monumental y rica que demuestra, una vez más, la riqueza del siglo XVIII y el cómo el monocromatismo italiano va haciendo presencia dentro de la escultura sevillana.


BIBLIOGRAFÍA:

-        Guerrero Lovillo, José (1979): “El maestro imaginero Pedro Duque Cornejo”. En Boletín de Bellas Artes, 2ª época, nº VII, pp. 86 – 100.

-        García Luque, Manuel (2010): “Un conjunto singular del barroco sevillano en Granada: el Apostolado de la Basílica de las Angustias, obra de Pedro Duque Cornejo”. En Cuadernos de Arte Granada, nº 41, pp. 169-188.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Monasterio de la Santa Cruz de la ciudad de Martos (Jaén) (1593-1937)